¡Arriba el telón!

Bienvenido, joven visitante, al Castillo de Kékszakállú.
Aquí todo es oscuridad y vacío. No hay muebles, ni ornamentos, ni siquiera ventanas que hagan entrar la luz del exterior. Tal vez necesites un tiempo hasta que tus ojos vuelvan a ver. Pero no te preocupes: he dispuesto una pequeña antorcha junto a la puerta. ¿Ves ahora la escalera que se tiende enfrente de ti? Baja por ella hasta encontrarte conmigo. Sí, ya sé que no puedes verme. Pero déjate guiar por mi voz. Y ten cuidado con los escalones. Acércate, vamos. Eso es…

Fíjate bien en lo que ahora comienzas a vislumbrar. Esta es una sala enorme de la que todavía no alcanzas a ver los límites. Grandes arcos de piedra soportan una gigantesca bóveda en cuyo centro se dibuja un extraño símbolo. La forma de esta estancia, como la de todo el castillo, es circular, de manera que todos los pasillos conducen a esta misma sala donde hablamos… En otro tiempo, este castillo tuvo que tener un aspecto muy distinto al actual. Muchas personas lo habitaron antes que yo, gente desconocida para la gran multitud y que dejó escritas infinidad de anotaciones en libros dispersos por la sala. Yo los he reunido todos y ahora trato de que se conozcan, pero no universalmente, sino para unos pocos, para gente dispuesta a escuchar y que sea capaz de entender.

Después de tanto tiempo solo, sin televisión, fumando y bebiendo a escondidas del mundo, necesito conversar, comunicarme, discutir, valorar… A cambio, y si tú me haces este pequeño favor de atenderme, puedo revelarte muchos secretos, cosas que hasta la fecha han podido pasarte desapercibidas pero que son de una importancia capital. Como te digo, todo será revelado a su tiempo.

Pero… ¿Me escuchas? ¿O ya te has largado?