La Primera Puerta

Siempre te has preguntado qué habrá detrás de estas Siete Puertas gigantescas que nos rodean. Son verdaderos monumentos del gótico, de madera maciza, jalanadas con arcos dóricos y volutas corintias. Conducen a otras salas, a otras habitaciones y pasillos, tal vez incluso a pasadizos secretos dentro del Castillo, pero por el momento permanecen cerradas a cal y canto, así que no podemos saber nada más. Tú estás todo el día interrogándome sobre lo que guardan en su interior, y eso que todavía no tenemos la suficiente confianza. Yo te digo que son parte de mi intimidad, pero tú sigues insistiendo y estás poniéndote pesadito. Además, no te rindes.

Pero no soy una persona desconfiada. Todo lo contrario: te mostraré cuanto haya en el Castillo, Deo volente, y siempre y cuando sigas observando las cosas con atención. De momento, las puertas están cerradas, y sólo las abriré si haces mejores tiempos en nuestro cronómetro imaginario. Llevamos más de un mes juntos y, en fin, debo confesar que algo has progresado (aunque no mucho), así que hoy me siento generoso y te abriré la Primera de las Puertas… O mejor, ábrela tú mismo: aquí tienes la llave. No tengas miedo, gira la cerradura. Tú has insistido…

¡Sorpresa! ¿Qué vemos aquí? ¡Una Cámara de Tortura! ¡Qué cosa más espantosa, Dios mío! ¡Menudo espectáculo! ¡Sierras, hachas, espadas, guillotinas, aplastacabezas, cunas de Judas, jaulas colgantes, peras, cinturones de San Erasmo, desgarradores, máscaras infamantes, horquillas para herejes, garras de gato, cepos, aplastapulgares, látigos, cadenas…! Hay instrumentos que pertenecieron a la Inquisición Española, pero también los hay de Europa del Norte y de muchas partes de Latinoamérica y Estados Unidos. Y fíjate bien: hay incluso una rueda para despedazar y una Doncella de Hierro de Nuremberg (ese sarcófago con pinchos que ves ahí)… ¡Todo esto es espantoso y yo comparto tu horror, te lo aseguro! ¡Deja de llorar!

¿Qué hago yo con una Cámara de Tortura en mi Castillo? Bueno, perteneció a mis antepasados. Si te fijas, no hay más que telarañas. Hace mucho tiempo que no se usa, y te aseguro que mis gustos sexuales no van por el sadomasoquismo. Pero pertenece al Castillo, y no seré yo quien lo reforme para convertirlo en hotel. Además, el Ayuntamiento me obliga a dejar las cosas como están, y de otra manera perdería todas las subvenciones del Consorcio. Considéralo un testimonio de tiempos pasados, prueba del horror que anidó en el corazón de los hombres, como un museo de lo que nunca tiene que ocurrir de nuevo. Hoy esto no tiene sentido; vivimos en el siglo XXI; progresamos; nos dirigimos hacia un mundo de paz, sin tortura; eso parece, al menos…

¿Cómo? ¿Dices que hay una especie de pintura roja en las paredes? ¿Chorretones colorados que bajan desde el techo de la habitación?… No me digas… Je, je… Nada, nada, serán imaginaciones tuyas, no insistas… Dices que no, que puedes verlas perfectamente, que no son de la humedad… ¿Te está entrando la temblorera? Vamos, vamos, tal vez algún inquilino de renta antigua quiso imitar a Barceló y me hizo un guarrete de ésos que el mallorquín hace, o tal vez la muchacha que viene a limpiar un día por semana no da con el producto adecuado… En todo caso (je, je), olvídate de esas manchitas de nada… Hazme caso…