La dificultad de ser mujer

No sé si alguna vez os he hablado de Judith, la joven animadora social licenciada en Ciencias Medioambientales. Es una chica muy buena e inteligente, gran amiga mía, con la que suelo tener charlas muy agradables. Ayer por la tarde vino a visitarme al Castillo después de trabajar. Traía bajo el brazo cinco revistas de belleza que acababa de comprar en el quiosco de la esquina.

-Echa un vistazo a las portadas de estas revistas -me dijo, indignada-. “Labios más sensuales”, “Pelo más espectacular”, “Piel más hidratada”, “Arréglate el pompis”, “Recetas sin grasa”, “Adiós a las arrugas”, “Complementos muy chics”. El mensaje que quieren transmitirte es que estás hecha un adefesio, y que más te vale estar a la última.

«Lo curioso de estas revistas es que sus Consejos Editoriales están formados en su mayoría por hombres de pelo en pecho, reservando los puestos sin importancia para las mujeres que salen en las fotos y hablan de la violencia en el hogar. ¡Menudo negocio el que os habéis montado, con tanto laboratorio de cosméticos y tanta casa de moda! Más tontas somos nosotras, que entramos en vuestro juego. Sois tan superficiales, tan absurdos, que nos obligáis a gastar el sueldo en cremas anti-edad y en teléfonos móviles con forma de polvera. Y todo por causaros una buena impresión, ya que no sois capaces de fijaros en otra cosa que no sea el aspecto.

«Además, no hay que parecer nunca cansada, hay que ser amable dentro y fuera del trabajo, tener hijos, ser ama de casa, confidente, concubina, inteligente, compañera, sofisticada, glamurosa, discreta. ¿Por qué no lo intentáis vosotros? ¡No somos perfectas, diantre! ¡Basta ya de tanta publicidad agresiva, de tantas modelos de quince años con las piernas como torres! Si competimos entre nosotras es por vuestra culpa; nosotras no somos más que víctimas: zapatos, joyas, perfumes, sombreros, abrigos, bolígrafos, faldas, camisas, bolsos… Tanta industria nos llena de ansiedad, de miedo, de envidia, de desconfianza, porque nadie puede luchar contra el tiempo ni contra la naturaleza, por mucho maquillaje o cirugía que haya.

«No es extraño que, ante esta situación, muchas mujeres arrojen la toalla y lleguen a decirle al marido: ‘Mira, tío, yo no puedo más; no puedo competir con estas jovencitas. Cuando te llegue la hora, te lías con una de ellas, nos divorciamos, y punto. Pero yo no puedo estar todo el día así, pendiente de los nuevos estampados para la primavera o aprendiendo a cocinar con el wok.’

«Sí, Kékszakállú, realmente sois unos capullos, unos imbéciles, unos presumidos, unos ignorantes… Por cierto, mañana tengo que ir a Zara. He visto unos pantalones de pana rojos con los que seguro que te encantará verme…»