Soliloquio del vino

¡Aquí estoy! ¡De buena cepa!
No me confundáis con otros:
soy cálido, fuerte y recio,
consistente y vigoroso.

Tengo el cuerpo equilibrado,
la dulzura de los mostos,
el aroma del añejo,
la finura del oporto.

Mi capa es límpida, tersa,
viva y brillante a los ojos;
mi corazón de la piedra
que ha heredado de los combos.

¡Y tinto! ¡No cristianado!
¡Nada de aguado espumoso!
Encabezado si acaso,
peleón hace bien poco.

Pisaron mis negras uvas,
maceraron mis despojos,
fui corregido en azúcar
y encubado en los depósitos.

Mis hermanos de viduño
salieron del tonel pronto;
yo he fermentado paciente,
aguardando el mejor tono.

Huyo de blancos y verdes,
vírgenes y licorosos,
apagados, astringentes,
edulcorados y flojos.

Busco mi molde perfecto,
sea porrón, candiota o boto,
donde queden resguardadas
las zupias que traigo al fondo.

Amo las tristes bodegas,
el calor de un trago anónimo,
la oscuridad, la madera
que permite mi reposo.

¿Y de qué vivo? Del gusto
del catador, no del beodo:
del paladar que prefiere
calidad frente a más moyos.