En verano es mejor un cuento triste

Lo único que le preocupaba cuando le diagnosticaron su enfermedad era saber si dispondría del tiempo suficiente para terminar su primera novela. Se acordó de aquel cuento de Borges donde un condenado acaba su obra de teatro cuando el tiempo se detiene en el instante que lo van a fusilar. Después de completar mentalmente el último acto, escucha los disparos de los soldados y muere. Él no era un escritor profesional, pero se le ocurrió pensar que Dios no hacía distinciones de este tipo, y que le permitiría vivir los meses suficientes para terminar su libro.

Sin embargo, su caso era bien distinto; a él todavía le quedaba muchísimo por hacer. Acababa de comenzar el tercer capítulo, y no había quedado muy satisfecho con los dos anteriores. Así que comenzaría de nuevo, esta vez sin equivocaciones. Ya no le quedaba tiempo para aprender. Tendría que olvidarse de los libros que estaba leyendo, y de la gramática que repasaba todos los días. Un par de meses, un año, a lo sumo. Los médicos le habían hablado con claridad: sólo un milagro podría salvarlo. Pero él no tenía ganas de rezar, sólo pensaba en organizar el tiempo que le restaba. Confiaba en terminar su obra. Lo que menos le importaba era la muerte. Estaba orgulloso de su vida: había trabajado mucho, y dejaría un grato recuerdo en aquellos que le conocieron.

Su afición literaria era una vocación tardía. Después de muchos años dedicándose a los negocios inmobiliarios, una novela de Pérez Reverte le produjo tal impresión que había decidido intentarlo él mismo. Había ganado el dinero suficiente como para trabajar media jornada. Así que llevaba dos años estudiando literatura por las tardes, repasando los manuales de estilo, leyendo autores de novela negra, escribiendo pequeños poemas a su mujer y a sus tres hijas. Él creía que tenía posibilidades, aunque ya no fuera un jovencito. Esperaba que algún día le llegara el momento de hacer algo importante; pero ese momento, ahora, tenía llegar mucho antes de lo previsto.

Así que se puso rápidamente manos a la obra. Compró nuevos folios, tinta de impresora, y rompió lo que llevaba escrito. Buscó un nuevo título para la novela, y modificó por completo la idea general. Ahora había decidido escribir un “thriller cultural europeo” protagonizado por una mujer detective. Le emocionaba mucho pensar que algún día pudiera hacerse una película a partir de su novela. Eso le daba fuerzas para seguir escribiendo. Tendría que ir muy rápido, así que decidió que iría puliendo el argumento sobre la marcha. Lo importante era escribir; después daría forma al contenido.

Conforme pasaban los días, su salud empeoraba. Había dejado de ver a los amigos, y apenas paseaba con su mujer y sus tres hijas. Trabajaba en la novela a todas horas, y se olvidaba del dolor cuando escribía. Los vecinos escuchaban el sonido del teclado desde muy temprano por la mañana hasta altas horas de la noche. A veces, cuando no podía más, echaba una cabezada en el sofá. Después se duchaba, y volvía a la carga, con renovado entusiasmo, rellenando páginas y páginas.

Una tarde, tres meses después del diagnóstico, nuestro protagonista murió en la cama acompañado por los suyos. Era algo que todos esperaban. No había sufrido mucho. Cuando sus familiares fueron al despacho, encontraron cientos de folios esparcidos por el suelo y por el escritorio. Creyeron estar ante una obra maestra. Pero, después de analizar los textos, concluyeron que no había en ellos nada que mereciera la pena: no existía ningún tipo de conexión entre las páginas, ni argumento, ni lógica; sólo fragmentos de diálogos, descripciones de escenas, algún que otro apunte sobre los personajes. Nada serio, todo era un simple esbozo, ni siquiera incluía una sinopsis. Cundió la decepción: la verdad es que aquello dejaba bastante que desear. Por supuesto, ningún editor podría recoger aquel material y ordenarlo para su publicación. Así que su novela estaba completamente inacabada, casi sin comenzar. Apenas si le había dado tiempo a intentarlo. No pudo ser. Pero seguramente eso a él ya no le importaba.