Hablemos de Chiquitín

Amigos míos, permitidme que os presente a Chiquitín, una esfera de goma de unos veinte centímetros de diámetro con unas gafas enormes y unas extremidades cortas. Su aspecto era muy parecido al que os muestro en este dibujo:

Chiquitín

Nunca supimos de qué planeta vino. El caso es que un día se presentó a Núñez de Balboa en su habitación del Colegio Mayor y le dijo: “Hola, amigo, soy Chiquitín”. Desde entonces vivía con él, y le acompañaba a todas partes: viajaba en sus hombros a la Universidad, a las fiestas, al supermercado. Cuando se le olvidaban los apuntes le decía: “¡Oye, que se te olvidan los apuntes!”. Y entonces Núñez de Balboa decía: “Es verdad”, y volvía a la habitación para recoger los apuntes.

Un día nos lo presentó al conde Abadio y a mí. “Hola”, dijo Chiquitín, con esa voz tan aguda que tenía. Nosotros nos quedamos un poco sorprendidos, pero lo aceptamos enseguida dentro del grupo. Las demás personas no lo podían ver; sólo nosotros teníamos esa capacidad. Recuerdo que muchas veces nos miraban como si estuviéramos locos, porque nos veían girar la cabeza hacia los hombros, llevarnos la mano a la boca y hablar con alguien invisible. “Ya, ya lo sé, Chiquitín”, le decíamos.

El pobre no tenía sexo, como los ángeles, pero sospechábamos que era algo masculino, porque cuando conocíamos a un grupo de chicas daba consejos sobre la mejor estrategia, o decía cuál le gustaba más. Siempre tenía que opinar de todo. No podía estarse quieto. Le gustaba estar rodeado de gente.

Saltaba de un hombro a otro, y nos cuchicheaba al oído. A veces era muy inoportuno, y teníamos que decirle que se callara. Pero él insistía y se ponía tan pesado que teníamos que patearle como a un balón. Salía despedido y rebotaba por las paredes y los techos de las discotecas y los bares. No se hacía daño porque era de goma.

Cuando no estábamos juntos nos lo prestábamos. Una veces dormía conmigo, otras con el conde Abadio, pero la mayor parte del tiempo la pasaba junto a Núñez de Balboa, a quien quería mucho. Nos ayudaba con los estudios, especialmente con la asignatura de Dibujo Técnico. Cuando estábamos desanimados, nos decía: “¡Vamos, vamos, a chapar!”.

Una noche de verano muy calurosa, cuando Núñez de Balboa meditaba frente a un lago, otro muñeco, un tal Megatrón, que hacía anuncios en televisión de música tecno, llegó por detrás mientras Chiquitín se bañaba y le hundió la cabeza hasta que lo ahogó. Fue una desgracia. Su cuerpo de goma flotaba en el agua cabeza abajo, y la corriente se lo llevó hasta que desapareció por el horizonte. Nunca supimos más de él. (Por cierto, que a este Megatrón más tarde lo mataría Chucky, el Muñeco Diabólico, pero eso ya es otra historia.)

En nuestro corazón siempre habrá un lugar para Chiquitín, el pequeño sabio que se ahogaba en los minis de güisqui, y cuyos sonidos inconfundibles “¡Guaiuuu, Guaiuuu, Guaiuuu!”, todavía resuenan en las noches de Moncloa.