Un viaje a Segovia

Judit se quedó el pasado viernes a dormir en el Castillo. El sábado nos levantamos muy tarde, como acostumbramos, pero decidimos ir a Segovia a visitar el Museo de Esteban Vicente y a comer ese cochinillo que mi cuerpo necesita cada tres meses. Judit condujo su flamante Volkswagen Polo negro a través de la autopista AP-6/A-6 y en un par de horas habíamos aparcado el coche cerca de la Iglesia de San Millán, donde tiene su casa mi amigo el notario.

Caminamos por la Calle Real hasta el Museo. Pagamos los tres euros de la entrada y comenzamos por la primera planta. Había unos grabados de Chillida, Gordillo, Picasso, Miró, Lucio Muñoz… Pero el arte joven dejaba bastante que desear. Cansados de las cuotas políticas que estos museos tienen que soportar, subimos directamente a la tercera planta, donde estaban los cuadros de Esteban Vicente. Solamente aquellos óleos justificarían una visita a Segovia: aquellos colores, aquella textura, la armonía, la seriedad, la perfección técnica, la sensibilidad… Estábamos ante uno de los pintores más grandes del siglo XX, y a juzgar por el vacío que nos rodeaba, sólo unos pocos lo sabíamos. Toda la sala era para nosotros. Allí estuvimos más de una hora, disfrutando como niños de la pintura de aquel maestro. A la salida, pregunté dónde estaba el resto de la colección. “En préstamo o guardada”, me dijo la encargada. Nos compramos un libro del museo y nos fuimos.

Caminamos hasta la casa donde había vivido Antonio Machado. Subimos por el Paseo del Obispo, y nos sentamos para hablar de arte y para mirarnos fijamente. La temperatura era muy agradable. Después de fumar unos cuantos cigarrillos, tratamos de subir a una torre almenada, pero las hierbas habían crecido tanto que nos impedían el paso. Nos dirigimos hasta la casa del ceramista Zuloaga, en San Juan de los Caballeros. Nos preguntamos cómo pudo montar el taller y la casa familiar en una iglesia románica del siglo XI. Paseamos por las calles señoriales, la de los grandes linajes segovianos: Marqués de Quintanar, Conde Cheste, Contreras, Sánchez-Bobadillo, Hierro… Regresamos a la Avenida Fernández Ladreda, muy animada; había una Feria de Alimentación con casetas de todas las regiones españolas. Una gran cola esperaba en la caseta de Galicia, donde dos mujeres gallegas servían pulpo, albariños y pan de centeno. No pudimos evitar la tentación y pedimos una ración de las grandes. Mientras bebíamos, nos acordábamos de lo que sentimos el uno por el otro. Judit propuso caminar un poco más, pero yo no quería alejarme mucho de los mesones, así que volvimos y nos metimos en el Mesón de Cándido.

Yo pedí una crema de cangrejos fría y el cochinillo asado, y Judit una lasaña de trigueros con jamón de Guijuelo y una magret de pato. Todo ello regado con el vino de la casa, un Rivera del Duero muy sabroso. Teníamos la mesa justo al lado de la ventana y veíamos el acueducto, mientras soñábamos con la poderosa Roma. Nos pusimos morados, y bebimos más de la cuenta. De postre, helado y ponche segoviano. A la salida, Judit casi tropieza con las escaleras. Yo tropecé, pero no me caí, de milagro. Salimos cogidos de la mano y fuimos derechos al Hotel Acueducto. Tuvimos suerte: quedaba una habitación. Muy contentos, subimos en ascensor hasta la tercera planta y entramos en la habitación. Allí vimos entre risas la segunda parte del partido de España contra Andorra. Después, dormimos. A mitad de la noche me levanté a devolver parte del pulpo, los cangrejos, el cochinillo, el vino, y el ponche, pero hasta eso tuvo su gracia.

A la mañana siguiente desayunamos y fuimos al Alcázar. Estos viejos castellanos no se andaban con bromas. Me pregunté cómo pudieron construir aquello. Hablamos sobre la arquitectura de la época y estuvimos sentados un buen rato admirando las vistas desde la fortaleza. Después cogimos el coche y nos volvimos. La mayor parte del tiempo la pasamos en silencio, como si necesitáramos reposar lo que habíamos visto. Atravesamos el Guadarrama y, algún tiempo después, llegamos al Castillo de Barba Azul. Allí nos besamos y nos despedimos, hasta la próxima ocasión.

Había sido uno de los fines de semana más bonitos de mi vida. Y eso que el tiempo no se detuvo en ningún instante. Se movió, y bien rápido; eso fue lo más encantador.