El viejo breaker

José María Torres Pujalte, “Ozono”, tenía cincuenta y ocho años y todavía recordaba los grandes momentos al terminar la clase, cuando los compañeros se reunían alrededor de él y le dejaban un amplio espacio para que bailara break dance. Se subía encima del pupitre, en la tarima, o se tiraba en los pasillos de las aulas, o en el suelo del Polideportivo; lo mismo le daba, con tal que el piso resbalara. Hacía molinos americanos, el gusano, chepitas, el ruso, la ballesta, vueltas con la cabeza, con la mano, con la rodilla. Molaba mucho verle.

El Profesor de Inglés le decía: “¡Muy bien, chaval!”, mientras unos cuantos trataban de mofarse, envidiosos: “¡Hay que ver qué limpio has dejado el suelo, Ozono!” Las niñas se acercaban a él, en especial una rubia preciosa, que le decía: “Pareces de goma”. Él también la adoraba y le dedicaba todos sus bailes. A veces, las distintas pandillas se retaban y se turnaban para bailar, una detrás de otra, para ver quién lo hacía mejor. El radiocasete se encendía y la música sonaba con fuerza: “Hip, hop, hip, hop”. Cuando llegaba el turno de Ozono, sus botas de Converse y su chándal rojo de Kappa brillaban con una luz especialmente intensa, mientras su cuerpo giraba rápidamente en el aire, muchas veces, con movimientos bellos, simétricos y perfectos, casi imposibles de seguir, ante la estupefacción y la admiración de todos. ¡Cuántos momentos de gloria! ¡Qué triunfos! ¡Qué alegría la de aquel muchacho, Chema Ozono!

Ahora, casi cuarenta años después, había vuelto a la ciudad de su juventud por motivos de negocio, y se encontraba frente al viejo Polideportivo de los Padres Escolapios. Desde hacía una hora, miraba fijamente el pabellón, en silencio. No había nadie más. De repente, sintió que todos aquellos recuerdos se le agolpaban en la cabeza, y le decían: “¡Aquí está tu oportunidad!¡Lánzate de nuevo! ¡Vamos!” Sí, todo aquel sonido atronador le estaba invitando a repetir aquellos movimientos de complicadísima ejecución, que no había vuelto a intentar desde entonces. ¡Pero él era Ozono! ¡Sí! ¡Y era capaz de hacerlo! ¡Tenía que demostrarse que no todo estaba perdido! ¡Así que se puso a hacer el precalentamiento, moviendo los pies esforzadamente, dispuesto para un último baile!

Cogió todo el impulso que pudo y se lanzó de cabeza contra el suelo dando un alarido, con las piernas abiertas en compás, las manos por delante, doblando los codos, todo el cuerpo inclinado en perfecta diagonal, venciendo la gravedad, con elegancia, como en los viejos tiempos. Pero cuando sus dedos entraron en contacto con el parqué no soportaron la presión y las manos acabaron cediendo; la cabeza, que venía detrás, aterrizó bruscamente golpeando el duro pavimento con un sonido hueco, como de campana; las patillas y los cristales de las gafas saltaron en mil pedazos, y su cuerpo desequilibrado se golpeó en los hombros, en las caderas, y nuevamente en la crisma. Fue sólo un instante, pero pudo escuchar el chasquido de los huesos del cuello cuando no dieron más de sí y se rompieron. No sintió nada más. Cayó sin conciencia, muerto, en una rara postura, como de egipcio, con una pierna estirada y la otra encogida, un brazo levantado y el otro caído, y con las muñecas dobladas en ángulo recto.

José María Torres Pujalte, “Ozono”, había muerto en una postura de breaker.