Comentarios de texto

Agustín de Hipona

Puntuación: 2 de 5.

Donde no se dé la justicia que consiste en que el sumo Dios impere sobre la sociedad] (1…) y que así en los hombres de esta sociedad [el alma impere sobre el cuerpo y la razón sobre los vicios](2), [de acuerdo con el mandato de Dios, de manera que todo el pueblo viva de la fe, igual que el creyente, que obra por amor a Dios y al prójimo como a sí mismo](3); [donde no hay esta justicia, no hay sociedad fundada en derechos e intereses comunes](…1) y, [por tanto, no hay pueblo, de acuerdo con la auténtica definición de pueblo,]4 por lo que [tampoco habrá política, porque donde no hay pueblo, no puede haber política. ]5

(AGUSTÍN DE HIPONA, La ciudad de Dios, XIX, cap. 23)

Agustín de Hipona

Contexto: San Agustín (siglos IV y V) es un romano que se convierte repentinamente al cristianismo, llegando a ser obispo de Hipona. Vivió la decadencia final de la parte occidental del Imperio Romano, tomada por los bárbaros.

Tema: “Sin Dios no hay una verdadera sociedad”, o, alternativamente, “Lo justo es lo que Dios manda”.

Ideas principales:

  1. Si no hay ley divina no hay ley positiva.
  2. Lo justo es que el espíritu mande sobre la materia, y la capacidad racional sobre las pasiones.
  3. Lo justo es que el pueblo crea y practique los diez mandamientos de Dios.
  4. Sin Derecho (sin noción común del bien y del mal) no hay pueblo: nuestros derechos nacen de nuestras obligaciones ante Dios.
  5. En un pueblo sin una meta común la política es una mera lucha por el poder.

Relaciones entre ideas:

1 es la idea principal del texto. Se deduce de 2 y 3, que nos explican en qué consiste la justicia divina. De 1 se sigue 4 y de 4 se sigue 5. En símbolos,

(2 ˄ 3) → 1

1 → 4

4 → 5

Explicación:

Dios es un ser que crea al hombre y tiene exclusivamente derechos, expuestos en los diez mandamientos de la Ley de Dios. Nuestros deberes con Dios se convierten, al “amar al prójimo como a ti mismo”, en el fundamento del respeto entre seres humanos. Así, Él ordena hacer el Bien y, con ello, funda el bien y el mal humanos, la ley positiva, los Códigos Civil y Penal de las distintas culturas. Por lo general, Dios es el valor supremo que dota de sentido a las acciones humanas y que, al situarse fuera del mundo, le da un sentido que de otra manera no tendría.

Por otra parte, el Derecho es el conjunto de normas que objetivamente valen para todos los hombres, por encima de sus intereses particulares; estas leyes que una sociedad se da a sí misma han de basarse en criterios universales sobre lo que está bien y está mal, válidos para todos los hombres. Dios representa un modelo puro del Bien y es la única garantía de esa objetividad en la que el hombre funda su justicia. Sin Dios, no habría normas morales comunes a todos, y perderíamos el conocimiento de lo que está bien y está mal. La sociedad, con tal multitud de pareceres, acabaría sucumbiendo, dejaría de ser un pueblo unido. La política, al dejar de buscar el bien común, sería inútil, y sólo existiría como luchas particulares por el poder.

En conclusión, la fe es mucho más importante que la razón; la religión tiene la última palabra. El alma debe mandar sobre el cuerpo de la misma manera que la Iglesia debe mandar sobre la sociedad civil. El poder eterno es muy superior al poder temporal. Frente a la salvación, nada importa. El Estado desarrolla en el mundo las leyes divinas, y todo lo que se oponga a los designios de Dios se convierte en Ciudad terrenal, corrupta, donde prima la carne, el pecado y el vicio. Sólo Dios es necesario: como seres contingentes, que pueden ser y no ser, necesitamos de Alguien que nos guíe, una Idea objetiva de la Justicia en la que tener fe. Sin ella, no hay sociedad, ni pueblo, ni política.

Actualidad:

El texto recuerda a la frase que en la novela “Demonios” dice uno de sus protagonistas antes de suicidarse: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Es decir, sin la idea (meramente regulativa, diría Kant) de un ser que tenga exclusivamente derechos y ningún deber, y que desde su potestad y magisterio, fuera del mundo, proporcione un valor y una conducta modelo a la “Ciudad terrenal”, ¿habría llegado el hombre hasta aquí, principios del siglo XXI? ¿No habría sido extinguido a causa de la violencia de su ser? Porque, sin entrar en debates sobre la presencia universal de la religión en todas las culturas, ¿quién es, realmente, Dios? La garantía de objetividad, el modelo del Bien. Sin ese modelo, que premia y castiga los comportamientos humanos a la luz de unos mandamientos eternos, ¿hubiera sido posible fundar el bien y el mal humanos, la ley positiva, la política, la sociedad, en suma?

En la actualidad se intenta construir, desde distintas instancias internacionales (ONU, Unión Europea, Tribunal Penal Internacional, etc.) una ética “globalizada”, un acuerdo de mínimos, unas reglas de conducta que valgan universalmente, con independencia de la diversidad de las religiones y las culturas. Los Derechos Humanos, por ejemplo, no contienen ninguna mención a Dios… y, sin embargo, todos los mandamientos, si exceptuamos los dos primeros, tienen cabida y desarrollo en estas leyes aconfesionales, pretendidamente laicas, que todos los hombres tienen que cumplir, si no quieren ser castigados. Los Derechos Humanos, como los Mandamientos, se resumen en uno: “Respeta al prójimo”. Este respeto puede nacer de la razón, sin necesidad de Dios, porque se supone que todos los hombres tienen una misma razón. Pero con ello, ¿no se ha sustituido “Dios” por “Razón”, significando lo mismo? El cristianismo, y San Agustín, seguirían presentes, más que nunca, en la actualidad, a través de sus mandamientos, aunque el resto de los contenidos de la fe (“la resurrección de la carne”, “el cielo y el infierno”) hubieran sido desposeídos de la verdad universal que tenían en la época de San Agustín.