Comentarios de texto

Guillermo de Ockham

Puntuación: 5 de 5.

Pero me parece que se ha de afirmar que [de la potestad regular y ordinaria concedida y prometida a S. Pedro y a cada uno de sus sucesores por las palabras de Cristo ya citadas (“lo que atareis en la tierra, quedará atado en el cielo”) se han de exceptuar los derechos legítimos de emperadores, reyes y demás fieles e infieles que de ninguna manera se oponen a las buenas costumbres, al honor de Dios y a la observancia de la ley evangélica] (1) […] [Tales derechos existieron antes de la institución explícita de la ley evangélica y pudieron usarse lícitamente.] (2) [De forma que el Papa no puede en modo alguno alterarlos o disminuirlos de manera regular y ordinaria, sin causa y sin culpa, apoyado en el poder que le fue concedido inmediatamente por Cristo.] (1) [Y si en la práctica el Papa intenta algo contra ellos [los derechos de los emperadores y reyes], es inmediatamente nulo de derecho.] (3) [Y si en tal caso dicta sentencia, sería nula por el mismo derecho divino como dada por un juez no propio.] (4)

(G. DE OCKHAM, Sobre el gobierno tiránico del Papa. Trad. P. Rodríguez. Madrid, Tecnos, 2001, pp. 60-61).

Contexto: Guillermo de Ockham (s. XIV) es un franciscano inglés cuyos textos llegaron a sufrir una condena papal. Su filosofía señala el fin de la Edad Media y de la Escolástica, y pone las bases metodológicas para el inicio de la Revolución Científica de los siglos XV y XVI.

Tema: Derechos de los Jefes de Estado versus poder Papal.

Ideas principales:

  1. La Iglesia tiene jurisdicción en cuestiones espirituales, pero no en asuntos políticos.
  2. La Constitución del Estado es anterior al mensaje de Jesús.
  3. Una sentencia eclesiástica no vincula a ningún poder del Estado.
  4. Al César, lo que es del César.

Relaciones entre ideas:

TextoIdea correspondiente
“de la potestad (…) ley evangélica”:1
“Tales derechos (…) lícitamente”:2
“De forma que el Papa (…) Cristo”:1
“Y si en la práctica (…) nulo de derecho”:3
“Y si en tal caso (…) juez no propio”:4

Estructura del texto: 1 – 2 – 1 – 3 – 4.

Relaciones lógicas (donde “x → y” significa que x es premisa para la conclusión y):

2 → 1

┐1 → (3 ˄ 4)                          

Es decir, si no se acepta 1 (la Iglesia no tiene jurisdicción en cuestión de Estado) entonces saltan 3 y 4.

Explicación:

Este texto defiende que el Papa no tiene autoridad para apoyar o denunciar el ejercicio legítimo del poder por parte de los gobernantes. Lo hace basándose en que la ley evangélica (mensaje de amor que Jesús ordena a los doce apóstoles predicar por todo el mundo) afecta a la la esfera privada de la persona. “Lo que atarais (…) en el cielo” significa que todo lo que se hace en este mundo tiene consecuencias en el más allá, en la vida eterna. La Iglesia vela por la salvación espiritual de sus fieles.

Por el contrario, la política es la organización interna de los Estados con vistas al bien público, con independencia de la religión que profesen sus ciudadanos. Los derechos de los Jefes de Estado existen mucho antes de que Jesús dijera que nos amáramos unos a otros. Hay pueblos que no conocen al cristianismo, cuyas leyes civiles lo que castigan, precisamente, es no respetar al prójimo. Viven en la ley evangélica, aunque no la conocen explícitamente.

El Estado y la Iglesia, la razón y la fe, son dos esferas completamente distintas, sin intersección posible. Si el Papa tratara de influir en asuntos políticos sus sentencias serían “nulas de derecho”, es decir, carecerían de vinculación jurídica, hasta el punto –dice Ockham- de que un juez designado por Dios se reconocería no competente para asuntos civiles, basándose en afirmaciones de Jesús como: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” o “Mi reino no es de este mundo”.

Actualidad:

Cuando un sacerdote pronuncia las palabras “Yo os declaro marido y mujer” su sentencia tiene efectos legales inmediatos. La Constitución Española, aunque aconfesional, declara especial atención a la religión católica. Son ejemplos de cómo el derecho eclesiástico sigue influyendo en el derecho civil, y de que no todas las sentencias de la Iglesia resultan “nulas de derecho”, o “actos fallidos de habla”, que diría Austin. Por otro lado, también es cierto que se han retirado los crucifijos de la mayoría de los colegios públicos, que se prohíbe el uso del velo en Francia, o que el Tratado de la Unión Europea no hace mención, de momento, al pasado cristiano de Europa.

¿Debe ser los Estados aconfesionales? ¿Debe la religión reducirse al ámbito privado? ¿Hay una moral laica, civil, y otra religiosa, cristiana? ¿Debe tener la Iglesia voz en los asuntos públicos, como en la nueva ley del aborto? ¿Y voto? Sin duda, asistimos a una gran tensión entre los partidarios de la aconfesionalidad del Estado (la no intromisión de la Iglesia en los asuntos políticos) y las tradiciones y el poder de la comunidad creyente. Todo hace suponer que el enfrentamiento se prolongará en el tiempo y que será difícil superar las diferencias. La Edad Media, a través del debate entre fe y razón, sigue presente en la sociedad de la información.