El Castillo de Barba Azul

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¡Arriba el telón!

Bienvenido, joven visitante, al Castillo de Kékszakállú.
Aquí todo es oscuridad y vacío. No hay muebles, ni ornamentos, ni siquiera ventanas que hagan entrar la luz del exterior. Tal vez necesites un tiempo hasta que tus ojos vuelvan a ver. Pero no te preocupes: he dispuesto una pequeña antorcha junto a la puerta. ¿Ves ahora la escalera que se tiende enfrente de ti? Baja por ella hasta encontrarte conmigo. Sí, ya sé que no puedes verme. Pero déjate guiar por mi voz. Y ten cuidado con los escalones. Acércate, vamos. Eso es…

Fíjate bien en lo que ahora comienzas a vislumbrar. Esta es una sala enorme de la que todavía no alcanzas a ver los límites. Grandes arcos de piedra soportan una gigantesca bóveda en cuyo centro se dibuja un extraño símbolo. La forma de esta estancia, como la de todo el castillo, es circular, de manera que todos los pasillos conducen a esta misma sala donde hablamos… En otro tiempo, este castillo tuvo que tener un aspecto muy distinto al actual. Muchas personas lo habitaron antes que yo, gente desconocida para la gran multitud y que dejó escritas infinidad de anotaciones en libros dispersos por la sala. Yo los he reunido todos y ahora trato de que se conozcan, pero no universalmente, sino para unos pocos, para gente dispuesta a escuchar y que sea capaz de entender.

Después de tanto tiempo solo, sin televisión, fumando y bebiendo a escondidas del mundo, necesito conversar, comunicarme, discutir, valorar… A cambio, y si tú me haces este pequeño favor de atenderme, puedo revelarte muchos secretos, cosas que hasta la fecha han podido pasarte desapercibidas pero que son de una importancia capital. Como te digo, todo será revelado a su tiempo.

Pero… ¿Me escuchas? ¿O ya te has largado?

Lo que sucedió a don Luis Sánchez Farinato con su prometida doña Beatriz en el Parque del Retiro

Un día hablaba el conde Abadio con Patronio, su consejero, de este modo:

-Patronio, hay un hombre muy poderoso a quien conozco desde la infancia. Siempre fuimos muy buenos amigos, y confiábamos mucho el uno en el otro. Sin embargo, un día me ofendió gravemente. Él se dio cuenta de su error, y, con lágrimas en los ojos, me ha pedido perdón cientos de veces. Jura y perjura que no volverá a pasar, y quiere que recuperemos nuestra antigua amistad. Mi orgullo me dice que no basta con sus disculpas, y aunque le he perdonado, nunca he podido olvidar su antigua ofensa. Como sé que sois un buen consejero, os ruego que me recomendéis cómo debo comportarme con él.

-Señor conde Abadio -dijo Patronio-, ya que me pedís consejo, me gustaría que supierais lo que le ocurrió a don Luis Sánchez Farinato en el Parque del Retiro cuando paseaba con su novia doña Beatriz.

El conde Abadio le pidió que se lo contara.

-Pues bien -continuó Patronio-, don Luis y doña Beatriz aprovecharon un hermoso día de primavera para darse una vuelta por el Retiro. Después de tomarse unas cañitas y de remar en las barquitas del lago, se tumbaron en la hierba para descansar. Ella dejó el bolso a una distancia prudencial, pues sabía de los maleantes que por allí campan a sus anchas. Cuando los dos estaban relajados, mirando las nubes, uno de estos delincuentes se acercó por detrás sigilosamente, y se agachó para robar el bolso. Cuando ya casi lo tenía cogido, don Luis se percató de su presencia, y comenzó a gritar:

-¡Eh, tú! ¡Que te estoy viendo! ¿Qué estás tratando de hacer?

-Nada, nada -dijo el otro-. Yo ya me iba.

-¿Cómo que te vas? -replicó don Luis-. Estabas tratando de robar el bolso. ¡Te he visto!

-Que no, que no, que sólo pasaba por aquí. Adiós, adiós.

-¡Eres un chorizo! -siguió gritando don Luis-. ¡Ya te llevabas el bolso!

Y así estuvo media hora echándole en cara lo que había intentado hacer, sin que en ningún momento se le ocurriera llamar a la policía. El maleante, harto de que le insultaran, dijo:

-¡Pues sí, capullo! ¡Estaba robándole el bolso! ¿Qué pasa, idiota? ¡Me dedico a esto! ¡Soy un ladrón! ¿Tienes algo que decir? ¿Quieres que te sacuda? ¡Ven aquí!

-Déjalo, don Luis, déjalo -dijo doña Beatriz, viendo que las cosas se ponían feas. Así que cogieron el bolso y se largaron de allí, mientras el chorizo siguió mirándolos con gesto desafiante.

Vos, señor conde Abadio, pues me pedís consejo, actuad de forma que no vaya a ocurriros lo mismo que a don Luis, que encima de que intentaron robarle, quedó mal, y con la honra maltrecha. Tened en cuenta que no se puede perdonar sin olvidar, y que es preferible el olvido al perdón, y más si se pide reiteradamente. Si no queréis hacerlo no lo hagáis, y decidle claramente que ya no os fiais de él. Pero si queréis darle otra oportunidad, no hace falta ni que le perdonéis: olvidad aquel asunto, y punto. Os aseguro que de ninguna cosa se cansa más el hombre que de reconocer las propias culpas, pues no es agradable acordarse continuamente de los errores pasados, y menos si no sirve para nada.

El conde Abadio quedó muy satisfecho con el consejo, lo puso en práctica y le fue muy bien. Viendo Barba Azul que el cuento era bueno, lo anotó en esta bitácora, y compuso unos versos que dicen así:

Cuando alguien reconozca su pecado
no insistas más, o perderás lo ganado.