El Castillo de Barba Azul

Microeconomía para los chavales

Después de lo dicho anteriormente, y por no demorarme más con las presentaciones, entraré directamente en materia. Mi primera propuesta es la creación de un comité que estudie la conveniencia de la asignatura «Microeconomía» para los niños a partir de los cuatro o cinco años, y no mucho más tarde, una vez que conozcan y dominen la teoría de conjuntos y la temperatura de ebullición del agua y del hierro.

Es necesario que alguien les enseñe las diferentes curvas de la oferta y la demanda, la diferencia entre productos elásticos e inelásticos, las relaciones entre inflación, tipos de interés, déficit y política tributaria. El objetivo es enseñarles desde pequeño las leyes económicas más fundamentales y que sean capaces de expresarlas matemáticamente, para que en definitiva conozcan por qué una cosa vale más que otra. Más adelante, y como apéndice e introducción al segundo curso, se les podría enseñar la doctrina de Schumpeter acerca del empresario innovador y enérgico que funda y desarrolla pymes como Tello o Desguaces La Torre.

Seguro que tú, como persona inteligente que eres, piensas que el niño ya conoce y aplica las leyes económicas cuando empieza sus primeras compras y tiene que ir a por pan y a por leche, y cuando se echa los cálculos del dinero que dispone a fin de mes para comprarse videojuegos y balones. Pero yo te digo que esto no es cierto, ya que también tiran piedras y no por ello saben las ecuaciones del movimiento uniformemente acelerado ni la ecuación analítica de la trayectoria que describen tales piedras.

Además, muchos economistas merecen la pena, es especial todos los de la Escuela de Chicago. Entre ellos, su fundador, Milton Friedman, que es un premio Nobel que habla muy clarito y que escribe fenomenal. Es un hombre de nuestro tiempo, un observador, y, sobre todo, un gran científico. Una persona a la que nunca dejar de admirar ni de leer, vaya. (Yo, Kékszakállú, guardo siempre un ejemplar de «Teoría de precios» bajo la almohada, en el mismo sitio en el que de pequeño colocaba el diente de leche esperando al ratoncito Pérez.)

De llevarse a efecto esta propuesta mía, cuando los chavales fueran mayores desconfiarían del economista que no ame o que al menos no esté interesado en la globalización.

Pero no quiero parecer pesado en esta primera jornada tenebrosa en el Castillo, y quiero terminar con esto: ¡Benditos sean aquellos economistas teóricos, que se dedican a la construcción de modelos matemáticos, y líbrenos Dios de los analistas prácticos al servicio del político de turno! (¡Y que todos los niños lo sepan!)