El movimiento eugenésico en los Estados Unidos durante los años 20

La familia Kallikak y el lastre genético

Desde que Darwin publicara, en 1859, su teoría de la evolución de las especies, muchos fueron los intentos de adaptar el modelo de evolución biológica a las sociedades humanas. En Inglaterra, con anterioridad a los trabajos de Darwin y Wallace, y partiendo del estudio que Malthus realizara sobre la relación entre población y comida (según la cual los recursos alimenticios crecían en proporción aritmética al tiempo que la población lo hacía en proporción geométrica), el filósofo Herbert Spencer había reducido la vida a una lucha por la existencia donde únicamente los más aptos sobrevivían. El paso en falso fue considerar la evolución como el mecanismo que la naturaleza o el mismo Dios usaban para permitir la expansión de empresas en un mundo puramente capitalista. El interés de los darwinistas sociales, entonces, se basaba en la constitución de un Estado que únicamente velara por la libertad de mercado y no prestara ningún tipo de asistencia social a los más desfavorecidos biológicamente. Asimismo, se perseguía la consolidación de un orden social típicamente victoriano, donde el colonialismo se justificaba apelando a la expansión de las razas más aptas, guardianas en última instancia del principio regulador con que la sabia Naturaleza obraba: la recientemente encumbrada “selección natural”.

En 1880 Weismann descubre que la base de la herencia la constituyen los cromosomas, que en sucesivas generaciones van combinándose y recombinándose. Comienza a difundirse la idea de que los caracteres adquiridos no se heredan, sino que el “plasma germinal” actúa de modo independiente del medio donde se desarrolla, por lo que el fenotipo resulta un mero recipiente cuya misión es conservar y transmitir el patrimonio heredado. Las relaciones entre genotipo y ambiente se consideraban mínimas, por lo que toda la atención en círculos científicos se dirige a la base celular de la herencia.

En este contexto, un primo de Darwin, Francis Galton, trata de cuantificar la herencia apelando a factores matemáticos y estadísticos que permitieran conocer la posibilidad con que un factor se propagaba al resto de la población. Si era cierto que las características fundamentales de un individuo venían prefijadas, podría controlarse la probabilidad de que se diera o no un determinado carácter, estimulando o no los mecanismos reproductivos que lo originaban. Junto a Pearson desarrolló la idea de que las razas son mejorables seleccionando los cruces del mismo modo que el ganadero escoge sus espermas, planificando las generaciones desde el punto de vista subjetivo de quien selecciona. Para concienciar a la sociedad de sus propuestas crearon una primera Sociedad Eugenésica, un laboratorio en la Universidad de Londres y un periódico desde donde propagar sus conclusiones.

Frente a las teorías de Lamarck, que implicaban un progreso de los organismos, los defensores de las corrientes mendelianas y darwinistas se alinearon en una concepción pesimista de la naturaleza humana, adornada de un conservadurismo radical que llevó a admitir que todas las modificaciones genéticas resultaban deletéreas: la especie humana no se perfeccionaba, sino que empeoraba a medida que el lastre genético de determinadas poblaciones se extendía al resto de la sociedad. Como consecuencia, la pertenencia a una clase elevada era considerada ahora como un seguro hereditario; la inteligencia, la belleza, la elegancia, son rasgos cuya frecuencia se dan más en unas clases sociales que en otras: la tarea del gobierno sería fomentar determinados cruces, manteniendo la pureza genética, y evitar otros, que resultarían fatales para el conjunto de la sociedad.

Con el posterior desarrollo de la genética de poblaciones se estableció una mayor separación entre los campos matemático y fisiológico. Los interesados en la herencia (genéticos) se distinguían de los embriólos y los fisiólogos, cuyo enfoque se dirigía más a estudiar las relaciones entre el desarrollo del organismo y el medio ambiente donde se desenvolvían. La genética usaba los modelos estadísticos a partir de los que concluía (en un salto no justificado) las consecuencias sociales. Punnet demostró que la selección natural podía operar mucho más rápidamente donde se daban las condiciones que permitían una mayor frecuencia de mutaciones, aunque estas fueran provocadas artificialmente en el laboratorio. El punto de vista mutacionista (que seguía estas investigaciones y otras anteriores de De Vries) pensaba que las mutaciones presionaban al conjunto de la población y los cambios eran forzosamente consecuencia de este lastre genético.

Aunque los últimos descubrimientos científicos venían apoyados por múltiples evidencias experimentales, el hecho a destacar es que se utilizaron en un marco que nada tenía de científico cuando se generalizaron para tratar de dar una forma científica a las peores intuiciones y prejuicios de una sociedad joven que se había visto sacudida por los grandes movimientos migratorios de principios de siglo. En EE.UU. el movimiento eugenésico estuvo unido desde un principio a la ganadería y se extendió rápidamente durante los años que precedieron a la guerra de 1914-1918.

William Goddard trató de justificar racionalmente la eugenesia investigando la línea sucesoria de Martin Kallikak, quien durante la guerra de los años 1770 había mantenido relaciones con un chica de taberna. Martin Kallikak volvió a casa y se había casado con una cuáquera de buena familia; los descendientes de este matrimonio habían resultado ser todos ellos pertenecientes a las clases más altas, ciudadanos ejemplares y dignos, mientras que el hijo nacido de su relación con la chica de taberna había engendrado 480 descendientes, la mayoría de ellos borrachos o delincuentes.

Goddard utilizó archivos y registros para sus pesquisas y concluyó que los atributos eran todos heredados de forma directa. Por supuesto, en sus análisis no tuvo en cuenta la relación con el medio en que ambas ramas se criaron, pero casos como el suyo fueron utilizados por aquellos que defendían que los mejores genes pertenecían al prototipo sajón, protestante y blanco, constituyentes en última instancia de la nación nórdica. El resto de las razas (griega, italiana, judía, negra…) era considerado un lastre que las futuras generaciones debían evitar. El conjunto de rasgos indignos era eliminable mediante una eugenesia negativa que pusiera freno a la inmigración o (como se venía haciendo desde el S. XVIII en Suecia, en el caso de los epilépticos) limitara drásticamente los matrimonios entre grupos no deseables.

Sociólogos como Lester Ward, Brigham o Jordan abogaban incluso por una esterilización directa de los grupos de riesgo, con el fin de que no propagaran sus genes deletéreos, al tiempo que se pedía la mejora de la raza por medio de la selección de los mejores espermas, métodos todos ellos popularizados por los nazis unos años después. Para 1924 se había restringido por ley la inmigración y en 1931 treinta estados habían ordenado la esterilización de personas consideradas “no aptas desde el punto de vista hereditario”, llegándose a un número de veinte mil esterilizaciones en 1935.

Con todo esto quiero indicar que el movimiento estaba amparado por la ley y, más fundamentalmente, por un pueblo ávido de soluciones directas a las crisis económicas y sociales de aquellos años. Cuando se trata de intervenir directamente sobre la capacidad reproductiva y hereditaria de los individuos se usan argumentos del tipo “con el fin de mejorar la raza humana”, o “es por el bien de las generaciones venideras”, que esconden con frecuencia el mismo horror (o uno mucho más grande) que aquel que supuestamente tratan de evitar.