Las batallas perdidas del lenguaje

Notas sobre un Lyotard «diferente»

1. La utopía desintegradora

Poco queda de aquel primer Lyotard colaborador de la revista Socialisme ou barbarie. La radicalidad del grupo a que pertenecía, alineado en un marxismo crítico tanto del estalinismo como de las democracias capitalistas occidentales, fue la voz, durante los años 60 –hasta su disolución en 1966, decidida por otro de sus componentes más activos, Castoriadis– de un modo de hacer política caracterizado por su militancia contra cualquier tipo de totalización, ya fuera fascista, burocrática o científica. La caída del mito soviético a raíz de sus intervenciones en los países del Este, con las consiguientes revueltas populares, supuso para Lyotard la ruptura definitiva con el marxismo. Después llegaría mayo de 1968, con aquellas significaciones utópicas que hoy parecen presentarse más como derrota que como emancipación. A su triunfo momentáneo contribuyó Lyotard con un programa crítico que abogaba por una superación de los lazos platónico-marxistas (instituciones, aparatos ideológicos, división del trabajo) en favor de una sociedad dinámica de productores libres donde no tuviera cabida la alienación. El progreso técnico había llevado a una mayor miseria en todos los ámbitos: psíquico, sexual, cultural…

Era preciso la crítica de la propia razón, que fundamentaba el poder por medio del capital. La cuestión no era sólo política, sino social; el individualismo militante se imponía como cura frente al narcisismo globalizador de las sociedades modernas. El deseo era la potencia activa que podría transformar a los hombres, conjuntarlos en la “vida pura del deseo”, esa “gran película efímera”, en palabras de Lyotard, que acabaría con la vieja máquina social por medio del “politeísmo de los deseos”. Es, sin duda, la obra clave de este periodo El Anti-Edipo, de Deleuze y Guattari, que tanto habría de influir en Lyotard. Enmarcados en un estructuralismo heterodoxo, los filósofos del deseo continuaban la crítica de la subjetividad que ya iniciara Nietzsche.

El sujeto, el yo-fundamento que desde Descartes se había convertido en el señor de la naturaleza mediante su razón instrumental y su sistema representador, se consideraba ahora como un simple resultado, una de las múltiples variables que ponía en juego la instauración de la realidad mediante el juego de los deseos. Años después, cuando comenzaban a apagarse los ecos de la “revolución”, todavía Lyotard insistirá en la praxis anti política, en esas intervenciones espontáneas localizadas en un tiempo y en un espacio presentes, que podrían dar lugar a una multiplicidad de contratos sociales, sustituyendo el viejo modelo de un solo contrato. No obstante, su espíritu utópico va cediendo paso a un modo más realista y cínico de contemplar la historia.

En Economie libidinale (1973) todos los sueños utópicos se desvanecen; se revelan como ilusiones totalitarias. El capitalismo, con su falta aparente de valores supremos, supera al socialismo porque es capaz de derribar las concepciones últimas de la historia ancladas en la metafísica. Desbordar sus leyes significa aferrarse a la condición posmoderna. El pragmatismo resulta un compromiso con la desfundamentación del mundo; las armas las proporciona el capitalismo, sistema al que se pretende vencer con el uso de sus propios medios.

En La condición posmoderna (1979) Lyotard defiende la alternativa del disenso frente a una época caracterizada por el “criterio de performatividad”, donde el valor de un objeto se mide por su posibilidad de venta, dentro de un intercambio global que amenaza con suprimir cualquier diferencia. La concepción deconstructivista atiende al “anti-arte” como único medio de defensa frente a la globalización. Esta estética libidinal da paso a una filosofía del lenguaje que encuentra su sistema en Le Différend, cuyas líneas maestras trataremos de esbozar en este trabajo. Como vemos, de una filosofía de la acción hemos pasado a una filosofía descriptiva que justifica la alternativa por medio del metalenguaje. El propio Lyotard nos dará las claves de este cambio. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos hasta qué punto la utopía va dejando en su defensor, con el tiempo, una amarga mueca de ironía e impotencia ante el curso efectivo de los acontecimientos. Y más cuando alguien como Lyotard toma partido decididamente por el abandono consciente ante el evento, la novedad que siempre surge a pesar de nuestras intenciones.