Las batallas perdidas del lenguaje

2. Necesidad de la frase

A partir del último Wittgenstein (Investigaciones Filosóficas) Lyotard se pregunta por la naturaleza del lenguaje. La filosofía analítica descompone las proposiciones en sus elementos más simples, los nombres. Un nombre refiere a algo, pero no es más que un elemento dentro de un conjunto más amplio que no sólo incluye nombres, sino las relaciones que se dan entre ellos. El sentido se presenta a través de las expresiones bien formadas, las proposiciones. Las tablas de verdad determinan la posibilidad de combinación de dos proposiciones. Dentro del “espacio lógico”, cada proposición ocupa un lugar; en la red no caben proposiciones absurdas pero sí las desprovistas de sentido (“Llueve o no llueve”)[1], las únicas, por otra parte, necesarias. Lyotard piensa que es error creer que un objeto del mundo responda a la llamada de su nombre. La realidad no queda designada por el nombre. Siguiendo a Wittgenstein, los objetos sólo se pueden nombrar sin conocerlos. Los “estados de cosa” son conjuntos de objetos caracterizados por su forma. Esta forma es la posibilidad que tienen de estructurarse. Entre nuestro conocimiento y el mundo se da un paralelismo lógico, representado por la forma. Lyotard niega esto último, que significaría una correspondencia biunívoca entre los nombres y los objetos simples. “Como lo simple no es un objeto de conocimiento, no se puede saber si la denominación de un objeto simple es verdadera o falsa.”[2]

El sentido, a diferencia de su referente, determina en muy poca medida al nombre; muchos y heterogéneos son los universos donde puede darse. Proposiciones que son desconocidas atribuyen sentidos diferentes del actual. Por otra parte, el mismo nombre puede olvidarse y reemplazarse si así lo desea el conocimiento. Kripke había señalado, en Naming and neccesity, el carácter de designador rígido del nombre. Lyotard está de acuerdo en que el nombre designa de manera fija a lo largo de los universos posibles, pero no en que el nombre dé a su referente una realidad.[3] Puede haber nombres que no tengan referentes reales. Por medio del nombre no mostramos la presencia del referente. Como consecuencia, las supuestas propiedades reales de un referente no limitan la posibilidad de su sentido. Los nombres no sustituyen a las realidades, designan vacuamente su posibilidad. Mediante la ostensión no se prueba la realidad de una cosa, sino que una cosa presenta la propiedad significada.[4]

Es por medio de esta propiedad, la ostensión, cómo pueden mostrarse los referentes. Pero aprender un nombre significa que ya existen otros nombres con un sentido dado; estos vienen incluidos en las proposiciones, en un sistema que presenta un mundo.[5] A partir de aquí, podemos definir las proposiciones “bien formadas” como proposiciones capaces de ser verdaderas o falsas (descriptivas), pero que no agotan el sentido. Una proposición, por ejemplo, prescriptiva (Sé un buen muchacho), que no está bien formada,  presenta lo que debe hacerse atendiendo al par justo/injusto y no al criterio verdadero/falso; no es, por lo tanto, absurda: tiene sentido. Más aún, aunque una proposición fuera falsa, tendría sentido[6].

Ahora bien, la lógica del discurso no corresponde al género cognitivo. “Las oraciones no son las proposiciones”[7]. Las proposiciones sólo existen en el régimen lógico y en el cognitivo. La proposición necesaria, lógicamente verdadera, carece de sentido; la proposición cognitiva verdadera debe su sentido a la ostensión.

El punto importante radica en que la existencia de proposiciones presupone las oraciones anteriores. El asombro no es asombro de que haya algo (Leibniz), sino de que haya frases. La oración precede al cómo, es el qué; resulta anterior a la lógica.

Cuando sometemos la realidad a la prueba de la duda universal sólo queda la proposición que ha expresado la duda y el tiempo en que se ha expresado. El yo no resiste a la prueba[8], llega cuando la frase ocurre, al igual que el . Una vez que la frase ocurre (Lyotard da a este suceso el nombre de Ereignis, usado por Heidegger), el mundo se reordena a partir de ella, formándose los destinatarios, destinadores (emisores) o referentes. El sentimiento es aquello que está por decir; “la frase llama.”[9]. Es imposible que no exista. Nos encontramos con una necesidad ontológica.

Lo más importante es que ninguna frase es la primera. La frase ocurre “cada vez”. Lo que la pragmática denomina frase token, el der Fall wittgenstiniano, “lo que es el caso”, es la frase evento, lo que “está ocurriendo”, cuyo referente es la frase abstracta que la pragmática llama frase tipo. La sustitución de una por otra se lleva a cabo en el régimen de las definiciones. No podemos dudar del acontecimiento, este es diferente en cada ocasión. Hay, por tanto, diferentes frases que corresponden a diferentes regímenes, idea que será fundamental para desarrollar posteriormente la teoría de los “géneros de discurso”.[10] En la frase económica, por ejemplo, el sentido es el intercambio. Las reglas por las que se rige una frase de imaginación son heterogéneas con las económicas.

El universo, entonces, es presentado por la frase. Es en el enunciado donde se sitúan un yo o nosotros, un tú o vosotros, y un él, ella o ellos. La situación se refiere, por tanto, a nombres humanos. El Hay que implica la frase significa por lo menos un universo “social”. Puede haber varios desde el momento en que es posible que el sentido, el referente, el destinador y el destinatario sean equívocos.[11]

Ya tenemos lo que presenta una proposición, el caso, su referente. El sentido sería lo que se significa del caso. El destinatario, a quien se dirige el sentido. El destinador, aquel por medio del cual se expresa el sentido.[12]


[1] El ejemplo es de Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus: 3.4.

[2] La Diferencia, traducción de Alberto L. Bixio, Editorial Gedisa, Barcelona, 1988: Nº 55.

[3] Ibíd., Nº 63.

[4] Ibíd., Nº 76. El mismo lenguaje no es más que el referente de una proposición descriptiva, y, como tal, no puede establecerse su realidad sino es por una proposición ostensiva. Ahora bien, esta proposición no existe. (Nº 95)

[5] Ibíd. Nº 68.

[6] Wittgenstein, Tractatus: 2.21, 2.22, 2.222

[7] La diferencia, Op. cit. Nº 99.

[8] Ibíd. Nº 94.

[9] Ibíd. Nº 173.

[10] Lo que parece menos convincente es que cualquier interjección, seña o silencio pueda ser interpretado como frase. (Nº 110) Todo lo ganado hasta aquí parece perderse por un ansia de generalidad que creo injustificado. Se diría que Lyotard trata de reducir a su concepto de frase los logros de la Semántica tratando de emparentar los términos “signo” y “frase”.

[11] La diferencia. Op.cit.  Nº 111.

[12] Ibíd. Nº 25.