Las batallas perdidas del lenguaje

3. La cuestión de la realidad

Lo que es no resulta de la experiencia: la idea de un yo que efectúa la síntesis temporal de las cosas que percibe no es necesaria para la constitución de la realidad. Lyotard piensa que esta es independiente del sujeto. La oración presenta un universo, sin que esta presentación equivalga a que sea dada a un sujeto. La oración es el caso, sucede; es entonces cuando el sujeto se sitúa. Incluso cuando se halla en una posición trascendente (fuera del mundo) resulta inmanente al universo presentado por la proposición.[1]

La oración, como hemos visto, presenta por lo menos un universo. “Lo que no está presentado no es”[2]. Cuando tiene lugar una segunda oración se produce un eslabonamiento pertinente si el nuevo universo re-presenta alguno de los universos de la primera. El espacio y el tiempo no tienen realidad objetiva aparte de la frase. Son productos de situación que se introducen mediante expresiones espaciales o temporales: antes, arriba, en un principio… La conciencia se frustra en el tiempo, que tiene cabida a partir de la frase.[3] La pragmática, por tanto, se equivoca al suponer que existe un emisor y un receptor del mensaje que existen independientemente de su diálogo. La memoria de la frase desaparece inmediatamente en la representación. Es uno de los pensamientos más profundos de Heidegger: el propio olvido se olvida, consideración que creemos que Lyotard hace suya. La presentación, entonces, sólo se indica mediante la negación, presentándose como ente, como no ser, como Leteo[4].

La realidad no se presenta a un sujeto, sino que resulta de efectuar procedimientos de establecerla mediante las reglas aceptadas. Se establece la realidad del referente cuando hay quien lo significa y quien comprende su significado. En este caso se realiza el acuerdo; se produce una expresión bien formada. La diferencia surge porque no existen medios cognitivos para establecer la realidad de una proposición cognitiva.

“Nada se puede decir de la realidad que no la presuponga”[5]. Los deícticos designan la realidad como algo extralingüístico que, sin embargo, es posterior a la presentación del universo. El origen de la realidad designada aparece y se olvida con el universo que la oración presenta cada vez. La realidad, entonces, debe ser establecida: cuantos más testimonios independientes haya, mejor será el resultado: es el libre juego del lenguaje que, como veremos posteriormente, es el fundamento de una mínima teoría moral.

Lo que algo es es algo que no puede decirse: la prueba de la realidad no es válida con el todo. Es no significa estar presente; es no es la realidad. Se trata de un ¿Ocurre? (Arrive-t-il?) que no significa nada. “El caso no es lo que es el caso. El caso es: Hay, ocurre. Es decir: ¿ocurre?”[6]

El testigo, aquel que destina una proposición ostensiva, según esto, no es del todo creíble. Es posible que haya propiedades que él no pueda mostrar. La experiencia no es necesaria a la realidad, ni mucho menos esta deriva de aquella. No hay testigos absolutos. El porvenir, en cuanto lugar donde se produce el acontecimiento, tiene la última palabra.[7] El futuro es necesariamente contingente: los sentidos, inmersos en su porvenir, también lo son. La derrota de la filosofía consiste en creer que “nosotros” utilizamos “el lenguaje”. La fenomenología parte de un “yo” a cuyo servicio está el lenguaje. Puro antropomorfismo, dice Lyotard. “Si su vivencia no es comunicable, usted no puede testimoniar que ella existe; si es comunicable usted no puede decir que es el único en poder testimoniar que esa vivencia existe.”[8]


[1] Ibíd. Nº 119.

[2] Ibíd. Nº 127.

[3] Es así como Lyotard interpreta la obra de Beckett. En mi opinión, es acertada su interpretación (véase, sobre todo, El Innombrable, o Pavesas, antes que Esperando a Godot).  También podemos encontrar el mismo sentimiento en Kafka y Dostoievsky.

[4] La diferencia. Op. cit. Nº 124, 128.

[5] Ibíd. Nº 47.

[6] Ibíd. Nº 131.

[7] Ibíd. Nº 88.

[8] Ibíd. Nº 145.