Las batallas perdidas del lenguaje

4. Los géneros de discurso

Como quiera que no hay procedimientos unánimemente aceptados para establecer la realidad de una cosa, quienes establecen las reglas piensan que son competentes para promulgarlas. La mala voluntad consiste en que el adversario no quiera establecer nuestra realidad, que no acepte nuestras reglas para formar y validar nuestras proposiciones cognitivas. A partir de Austin y su teoría de los actos de habla, Lyotard describe la frase normativa como performativa. Según esto, frases como “Declaro la guerra a Alemania”, o “Doy por concluida la sesión”, hacen algo más que expresar un pensamiento, son un acto que cambia el estado de cosas del mundo. Cada frase tiene un sentido, que la inscribe dentro de un género determinado. Un régimen de frases no se engendra a partir de otro. Como veíamos antes, el eslabonamiento a partir de un universo puede producir diferencias de sentido: la heteronomía entre géneros es un aspecto fundamental del lenguaje. En la enunciación normativa el fin no es la verdad, sino la justicia: su género de discurso pretende conducir hacia un mismo fin enunciados heterogéneos.[1]

Antes veíamos como no hay frase primera. Por lo tanto resulta que una frase se convierte en un conflicto entre géneros de discurso, conflicto como divergencia donde el triunfo de un género no es el de los demás géneros posibles. Hay tantos géneros como diferentes como formas de ganar. Cada grupo de oraciones tiene sus propias reglas, que bien pueden no ser prescriptivas; en cambio, el género de discurso donde se enmarcan crea la obligación, el fin al que tienden, la estrategia.[2] El conocimiento sólo acepta como proposiciones bien formadas las descriptivas, cuyo valor cognitivo parece resultar una garantía frente a la obligación. Quien trata de justificar una oración prescriptiva tiene que nombrar a su autoridad (en cuyo caso la ley se convierte en objeto de discusión y pierde su validez) o reconoce la imposibilidad de mostrar su valor, por lo que el conocimiento le juzgará arbitrario.[3] Nos encontramos, entonces, con el problema de justificar nuestras creencias.

Según Aristóteles, todo discurso significa algo por convención. Pero hay variedad de discursos: el denotativo (que atiende a la verdad o falsedad), la súplica, la solicitud, la orden… Estos últimos discursos son asunto de la retórica o de la poética. Con ello, se pretende apartar del discurso científico aquellos géneros que no satisfacen los requisitos de formación del discurso apofántico. Pero no hay un tribunal supremo, dice Lyotard, en función de la incomensurabilidad, heterogeneidad y divergencia de los nombres propios. El “salvaje” no puede ser juzgado en un idioma que no es el suyo.

Porque en realidad son los fines quienes determinan los géneros. Parece que nuestros deseos son intentos de eslabonar de cierta manera las frases anteriores, pero son los géneros (sus fines) quienes se imponen a nosotros. Cuando creemos que nuestra intención es enseñar, por ejemplo, estamos dominados por el género didáctico, sin que tengamos capacidad para eslabonar de otra manera.[4]

El género se fija mediante la pregunta que sucede a una frase. (En estas preguntas incluye Lyotard las que Kant consideraba fundamentales: ¿Qué puedo hacer? ¿Qué me cabe esperar?…) La respuesta da fin a la pregunta e inicia una nueva diferencia[5]. El eslabonamiento es necesario, la respuesta se impone: las reglas a las que obedecen los eslabonamientos determinan las metas, que se dan siempre dentro de un género de discurso. La teleología de que carecían los regímenes de proposiciones (al ser heterogéneos) se ve colmada por los géneros de discurso, cuyo principio es el de “ganar”[6], luchar por el sentido de un referente.

El tribunal que trata de imponer su propio género de discurso a los demás comete una sinrazón. El sentimiento, el sufrimiento, son expresión de la sinrazón. Los hombres se vinculan a sus enunciados, heterogéneos unos de otros. El “mal” consiste, entonces, en “la prohibición de posibles frases en cada instante.”[7] En el régimen deliberativo es donde más se pone de manifiesto el abismo que separa a los géneros de discursos: tiene, en principio, un carácter marcadamente antisocial: hace surgir las diferencias.


[1] Ibíd. Nº 207, 205.

[2] Ibíd. Nº 175.

[3] Ibíd. Nº 176.

[4] Ibíd. Nº 183.

[5] Empleo la expresión “dar fin” porque creo que incluye las dos significaciones que Lyotard quiere expresar: por un parte, la respuesta “suspende” la pregunta, y por otra, especifica su finalidad.

[6] Ibíd. Nº 181.

[7] Ibíd. Nº 197.