Las batallas perdidas del lenguaje

5. Crítica del mito

En cambio, en el relato la heterogeneidad de los géneros de discurso se olvida. Para escuchar un relato hay que ser nombrado: el mito nombra los elegidos, aquellos que se supone aptos para su discurso. Su “fuerza de identificación” se debe a que neutraliza el suceso, lo cuenta como enmarcado en una sucesión de eslabonamientos que obedecen a un interés “social”[1]. Un mito, por ejemplo, es el que describe (o más bien, narra) la historia como una historia hacia el encuentro de la humanidad. Es una visión globalizadora, totalitaria, que comparte rasgos con el mito ario, marxista o cristiano. No hay ninguna redención en la historia. Sucede que este género de discurso trata de imponerse a los demás. Hay muchas historias particulares. Las costumbres de un pueblo no son traducibles unas a otras. Para que se diera una historia universal sería preciso tener en cuenta todas las fechas y nombres, todo “lo que ha sido el caso” de cada uno de los relatos “salvajes”. Así todos nos convertiríamos en destinatarios del discurso.

El lenguaje no tiene un fin. Toda frase es juzgada por las reglas del género en que se inscribe. La diferencia se produce a causa de la heterogeneidad de los géneros. En el caso de una historia universal no hay heterogeneidad: todas las historias pertenecen al género narrativo. Se trata de un conflicto en la selección de los lugares, las personas, los hechos y los referentes. La prosa es despótica porque se realiza como género de los géneros. Es una unidad aparente: una narración implica una multitud de diferencias.[2]

La sabiduría de un pueblo consiste en la libertad de sus juegos de lenguaje. Quien cuenta se arroga una autoridad, un mandamiento dirigido a los héroes, a la autoridad anterior, a los destinatarios escogidos. La narración cristiana no es más que la obligación de amar dictada por la divinidad.[3] No hay un pueblo, ni un mundo: hay diversidad de relatos.[4]

El error está en considerar el lenguaje como único, apto para la comunicación, y que sería traicionado por los hombres particulares a causa de sus pasiones. No hay un idioma común; no es posible el consenso. Pero tampoco es deseable. La realidad es siempre diferente. El lenguaje está siempre enfrentándose consigo mismo, perdiendo las batallas: una frase es olvidada cuando trata de continuarse: un género da paso a otro. La política amenaza a las diferencias, pues es un modo de eslabonamiento de lo social que pretende la respuesta victoriosa, la clave de la historia. Ni siquiera la filosofía, dice Lyotard, ha tenido en algún momento esa pretensión.[5]

Nosotros no usamos el lenguaje; ni siquiera podemos mostrar su existencia. El lenguaje exige adversarios: son las formas comunes de los “ellos”, “los otros”, a quienes se les supone con la misma capacidad para distinguir entre el bien y el mal. Hablan y actúan según sus objetivos; son fieles a su género. ¿Cuál es la legitimidad de su discurso? ¿Es tan válido como el nuestro? ¿Qué género tiene la autoridad para imponer la teleología de sus frases? ¿Dejarán de enfrentarse entre sí?… No: el encuentro entre proposiciones de regímenes heterogéneos es inevitable, responde al ¿Ocurre? El contacto es necesario, nunca obligatorio.


[1] Véase el estudio sobre los cashinahua: pag. 176 y ss. Las influencias de Levi-Strauss son evidentes.

[2] Ibíd. Nº 226 y ss.

[3] Ibíd. Nº 232. Obligación de amar… Como en la solidaridad proletaria o la democracia de las democracias.

[4] ¿Puede hacer la O.N.U. desaparecer los nombres de cada pueblo? Es la condición para un relato universal

[5] Ibíd. Nº 189, 190.