Las batallas perdidas del lenguaje

6. La «hermosa muerte» de Auschwitz

Gracias al mito una nación olvida su contingencia y se convierte en necesaria, realizándose en la superstición. El mito neutraliza el acontecimiento mediante su narración. La legitimación del “nosotros” frente al “ellos” es heterónoma; solo un pueblo es el escogido, la norma es exclusiva de los destinatarios “verdaderos” a quienes el discurso nombra. El árbol genealógico se convierte en el garante del lenguaje. En el terror ario, por ejemplo, el imperativo se dirige a quienes han de “morir bien”, los únicos que escuchan y cuentan: la raza pura. Los demás, hacen la guerra. Es un canto fúnebre dedicado a los arios, una política de tintes estéticos que acaba por consagrarse a la tragedia. Lo que no se ha incluido en el discurso ha de ser exterminado o sacrificado. El pueblo judío porta los mandamientos de Dios. Aniquilarlos significa concluir este discurso peligroso para el mito. Acabando con el destinatario (Israel) se termina con un idioma. Los supervivientes del holocausto no pueden reclamar justicia.  Aquello ocurrió. No corresponde a un ¿Ocurre?. Permanece en el anonimato, en el olvido.[1]

  Auschwitz significa la extinción de la humanidad. No hay ningún resultado, ninguna conclusión positiva. No encontramos ningún resto de un “nosotros”, puesto que la totalidad de las personas protagonistas (las SS, los deportados, las víctimas) o bien han dejado de existir o bien se refugian en el silencio, en el sentimiento de quien sabe que no puede reclamar justicia.

El estudio por parte de Kierkegaard de la figura de Abraham sirve a Lyotard para realizar una comparativa entre órdenes y obligaciones. Dios obliga a Abraham sacrificar a su hijo mediante la fórmula “Que Isaac muera, es mi ley”. Abraham se siente obligado a obedecer. ¿No es la misma obligación que sienten los oficiales alemanes respecto de las órdenes de Hittler? En cualquier caso, quien dicta la ley es un criminal que no puede ser juzgado.[2] Mediante la obligación el sujeto se convierte en el destinatario de una tercera “persona” que queda fuera del lugar y del tiempo. Como vimos antes, el conocimiento pregunta quién es la autoridad; entonces el obligado no puede responder o, si lo hace, se libra de su obligación, puesto que introduce a la razón de la obligación en un régimen de frases como las demás.

Como expresó Kant, la ley no se deduce. Una frase como “Es obligatorio para X cumplir la acción A” que se convierte en “Es obligatorio para ti, ario, cumplir la acción A” se acepta o no se acepta, sin más. Vemos cómo se introduce el a partir de una norma general; es el paso a la prescripción, al Haz esto, que libera al individuo de la carga de su pensamiento particular[3] y lo hace formar parte de un conjunto, de un nosotros que tiene como misión la salvación del único lenguaje; más aún, este nosotros funda el lenguaje, obligándolo a un solo fin, con la consiguiente desaparición de los demás. La excepción de Auschwitz consiste, según Lyotard, en que a diferencia de otros terrores, como el jacobino, tiene destinatarios únicos, excepcionales. El resto ni siquiera son hombres, pues “ya están juzgados”[4]: no pueden escuchar, no pueden nombrarse, no pueden, ni siquiera, “morir bien”. En el nuevo “nosotros”, formado por quienes volvemos la vista atrás, no es posible establecer un resultado, un concepto: no podemos eslabonar las proposiciones de las SS con la de las víctimas. La frase judía no tuvo lugar. Solo nos queda un sentimiento, un silencio. Ni siquiera el nazismo ha sido falsado por las reglas de la razón (como lo ha sido el marxismo): fue, simplemente, barrido por la fuerza.

Si la víctima no puede probar que sufrió una sinrazón sólo le queda la inconsistencia de su testimonio. ¿A qué juez podría dirigirse? Si su frase ni siquiera ha existido, no puede validarse. No existen medios para probar la injustica. Esto significa que su realidad (el Estado de Israel en este caso) no puede ser establecida por consenso[5]. No hay conocimiento que valga; su “razón” obedece al sentimiento, a aquello que nunca se ha dicho. En esto consiste el signo: algo que no puede expresarse en los lenguajes admitidos. Aushwitz, para el historiador, es un signo, la suspensión de la frase. La diferencia nace de esta sinrazón.


[1] Ibíd. Nº 160.

[2] Ibíd. Nº 161.

[3] Este pensamiento no es más que su lenguaje privado, su idiolecta.

[4] Ibíd. Nº 159.

[5] Ibíd. Nº 93.