Las batallas perdidas del lenguaje

7. El principio de autonomía

 De un modo más preciso, la autoridad se expresa mediante la fórmula: “Nosotros dictamos como norma que sea una obligación para nosotros cumplir la acción”. En esto consiste el principio de autonomía[1]. Aquí vemos cómo el juego de los pronombres (nosotros) transforma la oración normativa en la prescriptiva “Nosotros debemos cumplir la acción”. El “nosotros” pasa de ser el destinador a ser el destinatario de una obligación. El “yo declaro” se desplaza al “tú debes”. No son los mismos, en principio, quienes dictan las normas que aquellos que están obligados a cumplirlas. Por eso la oración normativa puede considerarse una performativa. Son dos situaciones heterogéneas que encubre la ambigüedad del “nosotros”. La norma convierte la prescripción en ley. El “Tú debes” se transforma en “Es una norma dictada por X o Y.” Un punto importante es que la normativa libera a sus destinatarios de la angustia de su lenguaje privado. El “yo” encuentra a un “tú” con el que es capaz de comunicarse, ya que están subordinados a un mismo fin, señalado por el género. Más aún, cuando alguien expone las intenciones del destinador de la autoridad quiere decir que conoce su idiolecta; se pone en lugar de él; se ciega.[2]

Si la ley, como veíamos antes, no se deduce, tampoco la autoridad. Para que se dé la obligación ni siquiera es necesario un destinador de esta autoridad, basta con que se produzca la frase. La verdad no tiene cabida en una norma, la cual obedece a la justicia. La obligación está dirigida a particulares, a un “nosotros” exclusivo; jamás podrá universalizar la historia.

¿Cuál sería la fórmula de Auschwitz? “Es una norma decretada por Y que es obligatorio para X morir”.[3] El “nosotros” no puede formarse, debido a que se ordena la muerte del destinatario. Si el destinatario se identifica con el legislador puede, sin embargo, dejar de ser el referente de las oraciones futuras que le nombren. Escapar a la muerte significa perpetuar el nombre propio, y es el nombre colectivo quien recoge los nombres individuales. La “hermosa muerte” consiste entonces en cambiar lo finito por lo infinito, en morir para no morir.

En cuanto a la posible venganza, su autoridad no es un derecho. El referente de una sinrazón no es concebible. El vengador se convierte en un justiciero, en un grito que se dirige a sí mismo. No hay reparación para su daño.[4] La sinrazón es un daño que no puede probarse. El querellante sí dispone los medios para probarlo; no es una víctima. El crimen perfecto no busca matar a las víctimas, sino obtener de ellos el silencio que hace absurdo su testimonio. Pero nadie es inocente de por sí. Es necesario demostrar la inocencia.[5]


[1] Ibíd. Nº 155.

[2] Ibíd. Nº 169.

[3] Ibíd. Nº 156.

[4] Ibíd. Nº 42.

[5] Véase las obras fundamentales de Kafka, El Proceso, Un médico rural y, sobre todo, El Castillo. El sujeto no comprende la ley, pero está obligado a ella. Es una de las ideas más grandiosas del siglo XX: La ley afecta incluso a quienes no se sienten culpables.