Las batallas perdidas del lenguaje

8. Política económica de la modernidad

La inconmensurabilidad se definía por la heterogeneidad de los regímenes de enunciaciones. Cada régimen presentaba un universo característico, y no podían traducirse entre sí. No puede haber, por tanto, un tribunal supremo que juzgue a todos los géneros desde su propio ángulo. En este sentido, si consideramos que la modernidad se caracteriza por la apelación de un único género racional, nosotros, dice Lyotard, no podemos ser modernos.[1]

La política amenaza la diferencia, integra los discursos en un régimen totalitario que nada tiene que ver con la profunda diversidad de los lenguajes. En efecto, no hay un solo lenguaje que puede creerse depositario de los valores supremos. La ventaja del capital es que no se considera dueño de la última palabra; esto le diferencia del género especulativo. En un párrafo esclarecedor, Lyotard considera que el fin del capital es “el fin de todos los fines, ‘ganar’”, esto es, la rentabilidad por sí misma. [2] El capital sí pertenece a un género de discurso, el económico; la política ni siquiera es un género, vive de los demás. Por eso es imposible que la política atienda al bien común; en todo caso, se preocuparía del mal menor, puesto que su sola presencia implica una sinrazón. La política se ocupa de convertir las diferencias en litigios, para poder llegar a un acuerdo. Pero el litigio (donde la víctima se convierte en querellante) neutraliza la diferencia, produce un encuentro artificial mediante el “ajuste” de unas reglas en otras: la particularidad del caso deja de tener sentido.

Podemos reflexionar sobre la naturaleza de lo “social”, pero esta reflexión ya nos lleva a una diferencia. No es un debate sobre si los hombres son buenos o malos, sino sobre el lugar que ocupan en los enunciados heterogéneos que los conducen a fines diferentes. Por eso resulta vano interrogarse sobre el origen de la sociedad. La política cuenta con este origen porque le interesa eslabonar las sucesivas frases que de tal origen se seguirían. Es una cuestión de principio. No podemos ir más lejos. Si discutiéramos sobre el caso dejaríamos notar las enormes distancias que separan unas frases de otras. No es que unas opiniones difieran de otras (ya hemos visto que la idea de un sujeto que a través del lenguaje exprese sus pensamientos es imposible), sino las frases se conducen de manera distinta según el género de discurso que las vincule hacia un destino, nunca determinado por la intención de quienes las emiten. Los opresores (discurso clerical, militar, económico, informativo…) tratan de privilegiar un discurso, empobreciendo la libertad de los pueblos.[3]

 La política trata de eslabonar unas frases en otras. No hay tarea más difícil… ni más imposible. Es un problema sin solución. Porque, ¿qué es lo que existe? ¿Hay un procedimiento aceptado que pueda aplicarse a todos los discursos? No. Lo contrario son intentos de totalización que terminan en “sangrientos callejones sin salida”[4]

El pueblo, suponiendo que un concepto así exista (demasiadas cosas se trata de englobar en esta palabra), tiene que reír de la política, no puede creer que sea el destinatario del derecho simplemente porque ese derecho sea “justo”. Tiene que defender la libre determinación de sus frases, la vida en común de sus diferencias. En todo caso, su ley es justa porque es su ley. Además, ese pueblo no es el único, así como un mundo no es el mundo. ¿En qué consiste el imperialismo? En que un pueblo trata de extender su ley a todos los destinatarios posibles, olvidando su ámbito de aplicación.[5]

Pasemos al tema de la democracia. La sociedad occidental se caracteriza por una política deliberativa. Habíamos visto antes cómo las discusiones dejan notar el aire inconmensurable de unas frases y otras. La democracia parece perseguir lo contrario: una única finalidad por medio del acuerdo.[6] “Nosotros los seres humanos”. Tal “nosotros” es dogma de fe, no puede cuestionarse…

“Hacer” significa hacer algo. “Nosotros los seres humanos, ¿qué debemos hacer?”. Pero, ¿para qué? Este “para” indica una razón estratégica, un cálculo de las frases y los efectos. Con la modernidad, el cálculo versa acerca de los propósitos y los fines. Una acción es racional (es decir, económica) cuando se actúa de la mejor manera, dadas unas condiciones iniciales, para lograr un fin. Hay toda una ética en la aparente simplicidad de la frase. Una ética subordinada al fin económico que prende en cada una de las actividades de los destinatarios. El objetivo es “ganar tiempo”, a costa de lo que sea. Gana quien acorta el tiempo, quien se lo apropia. Para esto, los actores se dotan de toda la información que les resulte posible. El jugador contrario, considerado como un igual, puede adelantarse. Es necesario vencer para no salir del juego. ¿El criterio? El capital objetivo, abstracto, que atraviesa todas las capas sociales sin distinguir entre frases. Gana quien gana dinero, quien monopoliza el intercambio; así queda subordinada la ética al valor económico. Lo cualitativo se transforma en cuantitativo.[7]

La frase económica se dirige al intercambio de bienes. Nada más lejos, dice Lyotard, que el fin al que se subordina el trabajo, que no pertenece a ningún intercambio.[8] Trabajar supone una pérdida de tiempo, un gasto; lo contrario de la finalidad económica. Nacen entonces los sentimientos de tristeza y odio, alienación y fracaso, propios de las democracias modernas.

Porque en la actualidad no hay lugar para la imaginación o el deseo. Ni siquiera existe el acontecimiento. La vida está regida por las leyes económicas, por el criterio de performatividad que hace de la ética un número de monedas. El género económico eslabona las frases descartando su contingencia y lo específico que hay en ellas. Solo acontece lo negociable. [9] El ¿Ocurre? se convierte en ¿Se puede vender? No hay ninguna emancipación en todo esto.

En el capitalismo no se trata de hacer una historia universal (y esto es positivo), sino un mercado que todo lo englobe. Si existe algo así como una humanidad esta se mostraría en acontecimientos puntuales, en signos de la historia que vendrían cargados de entusiasmo, completamente desinteresados[10]. Son sentimientos sublimes, indicio de una esperanza que no tiene por qué hacerse realidad, y expuesta, en principio, a los mismos peligros de totalización que los demás géneros.


[1] Ibíd. Nº 182.

[2] Ibíd. Nº 191.

[3] Ibíd. Nº 230.

[4] Ibíd. Nº 255.

[5] Ibíd. Nº 235, 208, 209.

[6] Lyotard parece esbozar aquí una crítica a la política del consenso y, más en particular, a las ideas de Habermas acerca del diálogo, acuerdo y emancipación.

[7] Pero, ¿es que la ciencia hace otra cosa?

[8] Ibíd. Nº 243.

[9] Ibíd. Nº 254.

[10] Mayo del 68.