Las batallas perdidas del lenguaje

9. La historia como imposible

El signo de nuestra época responde al “después de Auschwitz”. Aquí es donde debemos considerar al “reformismo”, entendiendo por este la distribución más equitativa de la riqueza. Contrariamente a lo que pudiera parecer, Lyotard afirma que su ética es cuestionable, más si cabe que la del capitalismo, pues por una parte considera que todos los miembros de la sociedad se rigen por el género económico, y por otra sigue perteneciendo al más puro principio del intercambio, radicalizado ahora en cuanto se lleva a las alturas del derecho, de la ley y el mandato, de la ética.

En este género de cosas, la idea de progreso coincide con un sentimiento general de que “las cosas”, en el fondo, “marchan peor”[1]. La cultura (si es que esta palabra aún conserva algún tipo de significado) no existe en una sociedad donde impera el mandato de ganar tiempo. La cultura, los libros, el arte, solo sirven para perder el tiempo. Aquí es imposible no estar de acuerdo con Lyotard: la cultura desaparece siendo sustituida por una estrategia de intercambio, perdiendo (si es que algún día la tuvo) su razón de ser.[2]

Quienes se resisten no saben que en el fondo legitiman el discurso del dinero.[3] Más aún, corren el peligro de aferrarse a la tradición y el mito, que tan funestas consecuencias han tenido (y tienen) en este siglo que terminar.

Nada podemos esperar, y menos del intercambio económico. Al discurso de Lyotard podríamos añadir que la historia se convierte en una repetición de fines (dinero) y de medios, “optimizadores” (horrible palabra, como era de esperar). La comunicación es intercambio de información, de propiedades “privadas”. Quien sabe comunicarse gana tiempo, dinero, autoridad para seguir triunfando. No hay engaño en tal intercambio: “Si tú me das yo doy”. “Si no me das no doy”. Como los críos. “Hay poca comunicación entre los hombres”. Quien enuncia esta frase piensa ganar dinero hasta de las tribus del Amazonas.

¿Entonces? Nada. La historia se convierte en un penoso recuerdo. Lyotard habla del acontecimiento como la única posibilidad de acrecentar las diferencias. Mediante lo insospechado, el ¿Ocurre?,podrían generarse nuevos destinatarios, nuevas finalidades, otros lenguajes donde el juego de la diferencia sería capaz de entusiasmarnos mediante la creación de universos desconocidos. Sin embargo, llegados a este punto, hemos de reconocer la imposibilidad de tal tarea, que ni tan siquiera correspondería a nuestra voluntad. La diferencia, si ha de venir, que venga. Pero nada más.

En cuanto a la filosofía… Menos. Tras su apariencia de metalenguaje el mismo Lyotard advierte que es un género más. “Aushwitz” ha quebrado el discurso especulativo, por lo que la filosofía ha perdido toda su fuerza, y más en los tiempos que corren: está condenada a buscar sus propias reglas, ahora que su soporte se ha visto aniquilado para siempre. Pero esta búsqueda lleva tiempo, algo que, como hemos visto, no se tolera. De esta forma, al igual que al final del Tractatus Wittgenstein arrojaba la escalera que le había hecho subir, nosotros la tiramos también, con la diferencia de que nos encontramos no ya en el mismo lugar del que partimos, sino en ninguno.


[1] Ibíd. Nº 258, 259.

[2] ¡La cultura es subvencionada por el Estado! ¿Qué mayor contradicción cabe? Cuanto mayor sea su apoyo a la cultura, más rápidamente desaparecerá.

[3] ¿De dónde provienen los recursos para las O.N.G.s? ¿Del “pueblo”… o del ministerio de turno?